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Relatos taurinos – Carlos Escolar “Frascuelo”

Publicado el 05 Agosto 2008 por Redacción

La única y principal intención de estas lineas, es rendirle homenaje a un gran torero. 

No es un torero de arte, propiamente dicho, de pellizco, de duende, de magia, pero sí es un torero de verdad y pureza que, por supuesto, también eso también tiene su arte.

Para una mayoría, es un torero más. Para algunos quizás un desconocido. Para otros un torero modesto. Para mí, es signo de torería, sacándolo un poco de contexto, es para mí un torero de culto. 

Admirar fotografías suyas es como ver la creación de un poema, algo por componer. Su rostro, su mirada, sus manos, su cuerpo, son dignos de cualquier pluma esperando plasmar renglones escritos con alma. 

Su piel arrugada, curtida por el paso del tiempo, por las tardes de esperanza, de gloríaa, de tragedia, de sed de triunfo. 

Esa mirada penetrante, seria, paradigma de torería añeja. 

Su cuerpo maduro, pero con capacidad de sentirse y expresarse como si de un chaval se tratase, que empieza en esto, cuando se enfunda  el traje de luces. 

Esas manos hechas para realizar, con capote y muleta sus mejores obras. 

Me recuerda a esos toreros de antes, aquellos que se curtían en las peores batallas, aquellos que ante todo trataban de ser alguien en el toro y poder sacar a los suyos adelante. Aquellos que no les importaba el ganado a lidiar a cambio de destacar sobre sus compañeros. 

Es pues, una de esas personas que solo con verlas, aunque sea vestido de calle, sabes que es torero. 

Nunca nadie le regalo nada, fácil tampoco se lo pusieron, pero el hombre eligió un camino a seguir, no sin sortear muchos obstáculos, casi en silencio y muy poquito a poco, se hizo un hueco, digno de admiración. 

Ha pasado ya mucho tiempo y tenemos ante nosotros a alguien con el reconocimiento general del aficionado, del buen aficionado. Esto, viendo como esta montado este tinglado, no es poca cosa que digamos. 

No se lo que pensará el maestro, cuando se levante cada día, pero estoy seguro que piensa que aunque no haya llegado a ser figura del toreo, se pueda sentir orgulloso de todo lo alcanzado y por supuesto, de haber elegido esta mágica profesión. 

Cuando pienso en él, se me viene a la cabeza, la figura de un valiente romántico, vestido de luces, aguardando tímidamente su momento de gloria, en ese patio de cuadrillas, con el fondo de ladrillos de caravista. 

No fue su nombre un habitual de los carteles de las grandes ferias, pero es curioso…siempre lo fue de Madrid, su Madrid. 

Es verdad que muchos aficionados que nos guiamos por los nombres de las figuras, de las plazas de renombre, de las grandes ferías pero también es verdad que , muchos de nosotros, estamos pendientes de esos nombres casi en el anonimato, misteriosos, que asoman tímidamente en algún que otro cartel, a lo largo de la temporada. 

Gente que ocupa un mal llamado, segundo plano, pero que tanta falta hacen en la fiesta, tan comercializada. Temporada tras temporada aguardan su turno,el momento clave, la larga espera, la faena soñada. Luego, pasan de puntillas, en muchas ocasiones, pero en su poder está y en el de sus oponentes,cambiar el rumbo. 

Del oscuro silencio, vuelven al brillo propio. Ese es en muchas ocasiones, el caso del maestro. 

Podría retroceder en el tiempo y elegir una fecha, una situación, pero no voy a mirar allá, lo haré, a hace apenas unos meses: Madrid, feria de San Isidro, en el patio de cuadrillas, tres valientes. En chiqueros Cuadris, con remiendos de San Martin, solo de escribirlo, asusta. 

Toda una ¨oportunidad¨ o ¨regalazo¨, como mas guste llamarlo. Cuando pisó el albero, sentí el mismo miedo, que admiración. Era una mezcla de sensaciones, pero en ellas me destacaba una,la alegría. 
Alegría por ver de nuevo a unos de mis toreros, dispuesto a demostrar una vez mas ese arte, esa torería, ese romanticismo puro. 

Yo mismo me decía, si viendo eso por la televisión, me sentía así, ¿qué hubiese sido de mi estando sentado sobre algún tendido de Las Ventas? 
Allí estaba él, en su feria, en su plaza, con su gente, aun a sabiendas a lo que se iba a enfrentar. 
Estoy seguro que bien poco le importaba al maestro, ante todo quería regalarnos una vez mas sus dosis de sabiduría torera. 

Si no hubiese sido el, la primera reacción mía hubiera sido pensar: ¡este tío esta loco!, pero tratandose de quien era, sabia que mandaba el corazón. 
Finaliza el paseillo, las Ventas rugen, no con ¡olés!, si no con el aplauso de agradecimiento a tantas tardes vividas gracias a él. 

Para alguien del publico, pensé yo, igual les resulta extraño ver salir a saludar a uno de los toreros veteranos, incluso llegue a pensar, que podría hasta no ¨sonarles¨ su cara, pero estoy también muy seguro, que la respuesta se resuelve con un simple: le aplauden porque es el maestro Frascuelo. 

Lo que hizo después, es bien sabido por todos, no es plan de que yo ponga la crónica de su corta, pero intensa faena. 

Doblándose por abajo, con gusto exquisito, tanda con la derecha, con la izquierda naturales rematando bien atrás, pero ante un pupilo de San Martín: ¨¡Casi ná!” 

El toro desperdigaba la vista y se iba enterando, el maestro no quería irse de vacío, pero acabo ganando la partida el cárdeno. 

De nuevo, cúmulo de sentimientos, esta vez, no tan gratos. Pena, dolor, tristeza, , pero por encima de todo, impotencia, rabia. 

Entre aplausos se despide el maestro, no de triunfo precisamente, sino de dolor. Sus ilusiones por los suelos, las nuestras también. 

Pasó el tiempo y como siempre sucede en estos casos, después de colmar unos días la información con fotos y partes de las cornadas, el olvido, una vez más, se hace presente, todo vuelve donde empezó, en el frío silencio. 

La fiesta sigue y el torero seguirá luchando en su refugio, para volver como siempre lo ha hecho, fuerte, con ganas, con ilusión…

No tengo el gusto de conocerle, por desgracia, ni sé cual habrá sido su preparación, pero me gusta imaginármelo, como cualquier jovenzuelo con ganas de toro. 

Gracias a un amigo, me entero que el maestro está totalmente recuperado, que incluso se divisa una fecha, una plaza de toros,un cartel. 

Aparece una vez mas en mi cara aquella sonrisa, que meses atrás apareció el día que D.Carlos hizo el paseillo en Madrid. El hombre de mirada seria, torera, penetrante, mágica, misteriosa, se volverá a enfundar a su edad, un traje de luces una vez más. 

Se sentirá de nuevo, lo que es y será toda su vida…TORERO y no dudo de que esa sonrisa que anteriormente aparecio en mi, ahora sera suya. 

Una ¨recompensa¨ más que añadir a su larga carrera, el regalo, dos toros en un pueblo de Madrid, ganaderia: San Martin…sobran las palabras. 

Solo pido que ese día escriba una pagina más en el libro del toreo, una página de esas que solo usted, es capaz de escribir. 

Con esto termino mi pequeño homenaje, sencillo y sincero, para alguien por el que siento desde hace años una admiracion tremenda. 

A veces me pregunto porque nos tenemos que estar perdiendo a toreros como el maestro y teniendo que tragar con lo que nos imponen. 

Mejor no darle vueltas y seguir creyendo en que a cuentagotas, existen personas como él. 

Con todo mi cariño, para Carlos Escolar ¨Frascuelo¨…TORERO DE MADRID.

Iván

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Las Ventas. Madrid

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