
Sin dudarlo, guardarán en su memoria el momento en que su hijo les dijo: Quiero ser torero!.
Para algunos, una muy buena noticia, para muchos una sorpresa y para otros un gran disgusto. Sin apenas darse cuenta, ahí comienza el sueño de un niño y la preocupación de unos padres.
Se habla mucho del sufrimiento de la madre, de su larga espera, rezando a todas las vírgenes habidas y por haber, aguardando impaciente la llamada de la tranquilidad, el saber que todo salió bien, en el mejor de los casos.
Pero es justamente la figura del padre, de la que menos se habla. Da la sensación de que, al ser un hombre, el sufrimiento sea menor y el miedo e incluso la preocupación, disminuyan. Nada más lejos de la realidad.
Ellos sufren y mucho. Sin embargo, tienen más capacidad a la hora de ir a su hijo a la plaza de toros o estar más presentes en el momento de la verdad.
Todo es un largo camino en el que se sacrificarán horas de su vida e incluso trabajarán duro en el caso de algunos, para poder ayudar económicamente a su chaval en cualquier cosa que necesite en su hazaña. Son ellos los que verán su evolución.
Renunciarán de ver crecer a su hijo junto a ellos, dejándolos en muchos casos al amparo de algún profesional que les pueda poner más fáciles los andares por el mundillo taurino, enseñándoles que deben vivir por y para el toro.
El campo, las tientas, las largas horas toreando de salón y el ejercicio, pasarán a formar parte de sus deberes cotidianos, siempre esperando la llamada o buscando el pueblo dónde puedan ¨tocar pelo¨.
En estos casos, el padre se encargará de buscar alojamiento y no dudará en hacer kilómetros, para poder ver la actuación del chaval. Si no salen las cosas, de nada habrá servido todo este tiempo de sacrificio.
Se diluirá todo y atrás quedarán los buenos y malos momentos, pero no queremos que sea este el caso.
Si todo va bien, seguirá intacta la ilusión por ver cómo aquel niño que un día quiso ¨jugar¨ a ser torero, ahora está consiguiendo sus frutos y en el mejor de los casos, se convertirá en lo que siempre soñó, matador de toros.
Cuando ese día llegue lo más probable es que los dos, padre e hijo, se fundan en un emotivo y precioso abrazo, agradeciendo mutuamente todo lo logrado.
A partir de ahora será un toro el que se enfrente al hombre, pero para el padre, siempre será su hijo del alma, aquel chavalito que un día le dijo aquello de: ¡Quiero ser torero!
No todo acaba aquí, a partir de ahora, todo debe de comenzar de nuevo, más duro si cabe.
Otras ilusiones, otras metas, otros triunfos, otros fracasos, otras preocupaciones, otros miedos, en definitiva la vida de un torero. De lo que nadie duda, es del orgullo de haber recorrido juntos el dificilísimo camino de la vida.
Dedicado, a todos esos padres que luchan por conseguir un sueño, especialmente para Salva.
Ojalá un día, vea ese abrazo en la plaza de toros de Valencia.
Iván Colomer


