Era un 23 de julio en la plaza de toros del Puerto de Santa María, una de los cosos con más solera de Andalucía. Ese día de feria, con ese cartel, ese… era un día especial.
En las calles de la ciudad se anunciaba: Toros de Núñez del Cuvillo para Enrique Ponce, Morante de la Puebla y Jesuli de Torrecera.
En el quinto toro de la tarde, se destapó el frasco de las esencias y el arte, el duende y la maestría de Morante de la Puebla salió a relucir en la plaza portuense. Salió el toro, con 485 kilos que dió en la báscula, noble y bravo con el que Morante lo recibió con unas verónicas con su firma personal. El toro recibió un puyazo y el torero hizo un quite por chicuelinas emocionantes , bellas por su trazo con las manos bajas. En ese preciso instante la Plaza Real del Puerto, se puso boca abajo aplaudiendo al torero.
Entonces el de Puebla del Río puso tres pares de banderillas, cosa inusual en él, en lo alto del toro con un arte y una personalidad inigualable.
Ahora empieza la faena de muleta, el colofón de la obra. Se presagiaba faena importante y, así fué. La faena está marcada por la lentitud y el empaque. Su toreo adquiere una especial atención tal que contagia de inmediato a los tendidos, respondiéndole estos jaleándolo con unos sentidos olés. Morante en esa faena estaba soñando el toreo puro, dando chispazos de embrujo, duende y torería.
Entonces llego la muleta, dándole al toro unos ayudados por alto que denotaron su toreo caro, del que esta tocado por la varita del arte. Seguidamente llego la versión del natural, del toreo con la mano izquierda, con un trazo lento, bello y profundo.
La genialidad de este torero fué tanto con la mano izquierda, como con la derecha, creando en la plaza un ambiente de emoción. Poco a poco fue ganándose al publico hasta terminar entregados con el torero.
Llegó la hora de la suerte suprema, el tercer y último tercio, el tercio de matar. El torero, tras un pinchazo, le da al toro unos pases de tanteo, se perfila frente a él, apuntando al morrillo, gira los talones, le echa la muleta al hocico y mete la espada hasta la cruz. El toro murió como un toro bravo, dando pelea, no queriendo doblar las manos, hasta que sus fuerzas se agotaron y cayó sin puntilla.
La plaza era un clamor, primero gritándole “torero, torero” y después tocando las palmas por bulerías, que denotan que están en territorio andaluz y gaditano.
El presidente le concedió las dos orejas a Morante de la Puebla y tanto torero como afición salieron de la plaza felices y frotándose los ojos para ver si estaban soñando o no.
Juan Casas


