Quizás es verdad que Miguel Ángel Perera empieza a exigir como figura del toreo cuando acaba de empezar en el difícil mundo del toro. Lleva un cuarto de hora en esto, como se suele decir. Pero también es verdad que no exige nada que no se haya ganado en el ruedo. Se quedó fuera de Valencia y Sevilla por exigir lo que se merecía y lo que se ganó con sangre el año pasado y hacía el paseíllo en Castellón con la “necesidad” de triunfar para no dar la razón a los empresarios de las primeras ferias del año y a aquellos que le empiezan a ver como un torero soberbio, prepotente y caprichoso.

Miguel Ángel Perera
Miguel Ángel Perera, hace unos años, formó parte de una nómina de toreros jóvenes, esperanzadores y que caminaban hacia los primeros puestos del escalafón. Con el tiempo Cesar Jiménez, Eduardo Gallo, Matías Tejela e incluso José Mari Manzanares se han quedado a la sombra, en mayor o menor medida, del diestro extremeño. Poco a poco ha ido depurando su concepto del toreo, el cual ha ganado en pureza, largura, empaque y profundidad.
Convencido de la excelente y magistral temporada que realizó el año pasado, empezó el año exigiendo como figura y el premio a su temporada pasada ha sido quedarse fuera de Fallas y Feria de Abril de Sevilla, donde afirmaba que si algún torero merecía estar en la capital hispalense el Domingo de Resurrección era él. No le faltaba razón. Es una pena que por desavenencias en los despachos, plazas y públicos importantes de primera se vayan a quedar sin ver a uno de los grandes alicientes de la temporada.
De momento, ya le han visto en Castellón. Su balance ya es conocido por todos. Perera sigue con el mismo concepto puro del toreo que le encumbró el año pasado y convencido de que actúa tan bien en la plaza como fuera de ella, siempre rigiéndose por la rectitud y la sinceridad.
Esperemos que los toros y la suerte le acompañen y la rectitud y la sinceridad de Perera no se le vuelvan en su contra.
Iván González López


