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Opinión, Tauromaquia

Reflexiones en la dehesa I

Publicado el 18 Octubre 2009 por Redacción

Recuerdo los cuidados iniciales que me propició mi madre y cómo Salvador me descubrió tras la retama cuando, tambaleante aún, daba mis primeros pasos.

Ahora, después de cuatro años largos, rememoro la infancia y las conversaciones con Salvador, el hombre que me ha cuidado desde entonces y que apenas hace unos momentos me decía: “Nostálgico, prepárate para embarcar, partimos hacia una plaza de primera”

Imagen 1

Contemplo por última vez la dehesa viendo el tranquilo rumiar de la manada de utreros sesteando junto a una vieja encina. En lo alto del cerro mugen mis compañeros, como queriendo entonar un cántico de despedida. No es un cántico triste, es un bramar esperado, un adiós, un punto y final a cuatro años que quedan atrás; un cántico distinto al que entoné cuando murió mi amigo “Labrador”, corneado por “Rumiante” en fiera lucha por el liderazgo del grupo.

“Labrador” debió nacer el mismo día que yo, pues apenas prendió Salvador el crotal en mi oreja -hecho que propició mi primer llanto- apareció tras los matorrales y no lucía el pendiente que ambos llevaríamos, como seña inconfundible de identidad, hasta el día del herradero.

Demostré mi condición de bravo al colocarme el crotal, pues a la primera reacción de dolor siguió otra de defensa y arremetí contra Salvador que, sonriendo, me dijo: “No seas quejicoso, cuando yo nací me dieron un azote en la nalga”. Fue mi primera lección con aquel hombre que más tarde me herró, vacunó y siguió con atención mi vida en la dehesa.

El llanto alertó a mi madre que acudió en mi defensa confundido su mugido con el ladrido de los perros que rodeaban a Salvador mientras, a la grupa de un caballo tordo, escribía notas en su libreta.

Más tarde me aclaró que en aquella libreta anotó la fecha de mi nacimiento, mi nombre y el de mi madre, cuya identidad descubrió cuando, presurosa, se aproximó a protegerme. ¡Cuánto sabía Salvador!.

Me fui tras de mi madre, buscando instintivamente y con torpeza su ubre en un primer intento de saciar el hambre. Salvados los matorrales, apareció ante mis ojos una inmensa pradera de un verdor exuberante, donde una manada de vacas, acompañadas de becerros como yo, interrumpió su pastar al notar nuestra presencia. A lo lejos divisé a Salvador, que se alejaba a lomos de quién luego supe se llamaba “Lucero”. Caía la tarde en la dehesa en este primer día de mi vida, mientras el sol se ocultaba tras el cerro desde donde cuatro años después me dirían adiós mis compañeros.

¡Qué dichosa fue mi vida de becerro!. Comer y sestear bajo la atenta mirada de mi madre, siempre protectora, siempre vigilante, atenta a cuanto sucedía en nuestro alrededor. De vez en cuando aparecía Salvador tras la cerca, observando nuestros movimientos, acompañado siempre por sus perros, dispuesto a socorrernos si era preciso. Recuerdo el día en que se extravió “Labrador” y como su madre le buscó llorosa acompañada del resto de la manada. Todo fue en vano pues “Labrador” no apareció y lloramos su ausencia, hasta que Salvador, a lomos de “Lucero”, le retornó a la manada después de encontrarle mugiendo entre unos matorrales.

La vida en la dehesa transcurría placentera. Ninguno de los becerros de la camada podía imaginar que pronto el destino nos llevaría a ser apartados del cuidado de nuestras madres.

“Nostálgica”, mi madre, al igual que el resto de las vacas de vientre, ya había vivido esta experiencia, pero su instinto maternal permanecía intacto. No era la misma de días anteriores, presagiaba algo. Ese instinto maternal la llevó quizá a ese estado de nerviosismo que me contagió y obligó a Salvador a cuidar de mí. Fue entonces cuando supe de mi destino, cuando supe de mis orígenes y como, gracias a la fiesta de los toros en España, se pudo perpetuar mi especie.

Continuará…

Boni Elías

Las Ventas. Madrid

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