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Reflexiones en la dehesa II

Publicado el 21 Octubre 2009 by Redacción | Comentarios (0)

Durante el tiempo que Salvador cuidó de mi yo era casi añojo y allí junto a la cerca, alejados del resto de la manada, surgieron nuestras confidencias. Mira “Nostálgico”, me dijo Salvador, “tus antecesores proceden de centroeuropa pero solamente en la Península Ibérica quedan vestigios de vuestra estirpe y de no haber sido por el pueblo español, que lleva en la sangre la fiesta de los toros, tu no habrías nacido. Sé que te resultará difícil de comprender, prosiguió Salvador, pues vivirás aquí cuatro años de tu vida, cuatro años en los que contarás con todas las atenciones antes de ser seleccionado para semental o ser lidiado en una plaza importante. Este primer año lo has pasado al lado de tu madre y ahora, junto con el resto de machos de la manada, te irás a vivir lejos de ella.

Empezará para ti una nueva vida llena de retos, lo mismo que empezó para mí cuando falleció mi padre y fui nombrado mayoral. Mas adelante, cuando llegues a eral, serás sometido quizá a la prueba más importante de tu vida junto a la de la lidia: la tienta, aunque es posible que te excluyan de ella y te seleccionen directamente dada tu reata”.

No entiendo nada de cuanto me dices Salvador, le comenté.¿Qué es eso de la fiesta de los toros en España, sin la cual yo no existiría?. ¿Por qué he de separarme de mi madre?. ¿Adónde nos llevan a los machos?. ¿Qué es eso de la tienta y la lidia?.

Salvador se sentó y apoyó la espalda en una robusta encina. Echó hacia atrás la gorra que cubría su cabeza y de un bolsillo del chaleco sacó una cosa que llamaba petaca y vació en la mano izquierda parte de su contenido, una especie de hojarasca seca; de otro bolsillo sacó un papel y comenzó a envolver la hojarasca mientras me decía: “Nostálgico”, lo que me preguntas es muy difícil de explicar. “Mira, tú eres un animal fiero y bravo, uno de los pocos animales, quizá el único, que se crece ante el castigo; un animal que pelea, que nunca se da por vencido, que se defiende atacando.

Perteneces a los ancestros del pueblo español, eres parte de su idiosincrasia y no hay apenas lugar en España que no viva sus fiestas sin tu presencia“.

Interrumpió Salvador su explicación mientras se llevaba a los labios la hojarasca envuelta en papel. Suspiró y, con la mirada perdida en el horizonte, me dijo: “Tienes que separarte de tu madre porque es ley de vida, también yo tuve que separarme de la mía y marcharme a ganar el pan.

Existen unos animales de una especie parecida a la tuya que sirven para alimentar al ser humano y para ayudarle en las tareas del campo. Parte de ellos, mucho antes de ser añojos como tú, son apartados del regazo de su madre y llevados a lugares que llaman mataderos, donde son sacrificados.

Podría contarte mil cosas que yo se que sé hacen con otros animales pero… mejor lo dejamos, me expreso torpemente y quizá te contase alguna cosa al revés“.

Miré fijamente a la manada de vacas y becerros como queriendo trasmitirles todo cuanto había escuchado, mientras Salvador apuraba hasta el límite el humeante papel lleno de hojarasca que previamente había encendido. Todo era paz en la dehesa, apenas el trino de algún pájaro y el zumbido de las moscas rompía el silencio. Volví la cabeza hacía Salvador y le insistí:

¿Adónde nos llevan a los machos?.

“En primer lugar, respondió Salvador, sois llevados a un cercado donde se os quita el crotal y se procede a herraros con el número de orden de nacimiento, el hierro que identifica a la Ganadería, el de la asociación a que ésta pertenece y el guarismo correspondiente a la última cifra del año ganadero en que nacisteis. A partir de ese instante retornáis al campo buscando consuelo a lado de vuestras madres, como acto previo a la despedida, antes de separaros definitivamente de ellas. Mas tarde, alguno de vosotros será lidiado en festejos menores y otros disfrutaréis de la placentera vida en libertad hasta que llegue el momento de la tienta, si ésta se produce. Vivirás siempre con los de tu edad “Nostálgico”, de eral, de utrero y de toro; ¡tú estás destinado a plaza de primera!”.

Hizo una pausa Salvador en su relato, dudando quizá si seguir o no contándome lo que me esperaba. “Cuando seas cuatreño, dijo, serás lidiado en una plaza de toros. Abandonarás la dehesa y serás llevado junto con seis o siete de tus compañeros y formarás parte de un espectáculo, de un rito, de una ceremonia en la que serás protagonista principal. Demostrarás tu bravura y tu fiereza y colaborarás, junto con el torero que te lidie, en algo muy hermoso, en algo que han cantado músicos, poetas y escritores; en algo que engancha, emociona y apasiona; serás recordado, figurará tu nombre en la Ganadería al lado del de tus antepasados y hermanos, para orgullo del ganadero“.

No creas, “Nostálgico”, continuó Salvador, que esto es siempre así. “Se corre el riesgo, a veces, de que los hombres -imperfectos ellos- no hagan las cosas bien y te maltraten y sufras. Es algo que puede ocurrir pero, por encima de todo y no se te olvide, existes gracias a esta fiesta y debes sentirte orgulloso pues, no solamente escribirás páginas de gloria en la enciclopedia de la Tauromaquia, también, y gracias a la existencia de tu especie y de la fiesta, seguirán ganándose el sustento miles de familias“.

¡Eh!, toro, ¡eh!. Toro, ¡eh! toro. Era la voz de Salvador -que me devolvió a la realidad- conduciéndonos a un cercado donde pasaríamos la noche antes de ser embarcados a la mañana siguiente.

Contemplé por última vez el cielo de Extremadura y me recosté junto a la tapia del cercado. Caía la noche y en la dehesa sólo se oía a las cigarras y el mugido de algún semental receloso. Volví a recordar alguna de las confidencias con Salvador: “….existes gracias a esta fiesta y debes sentirte orgulloso pues no solamente escribirás páginas de gloria en la enciclopedia de la Tauromaquia, también y gracias a la existencia de tu especie y de la fiesta, seguirán ganándose el sustento miles de familias”.

Sumido en esta reflexión me venció el sueño.

Boni Elías

Reflexiones en la dehesa I

Publicado el 18 Octubre 2009 by Redacción | Comentarios (0)

Recuerdo los cuidados iniciales que me propició mi madre y cómo Salvador me descubrió tras la retama cuando, tambaleante aún, daba mis primeros pasos.

Ahora, después de cuatro años largos, rememoro la infancia y las conversaciones con Salvador, el hombre que me ha cuidado desde entonces y que apenas hace unos momentos me decía: “Nostálgico, prepárate para embarcar, partimos hacia una plaza de primera”

Imagen 1

Contemplo por última vez la dehesa viendo el tranquilo rumiar de la manada de utreros sesteando junto a una vieja encina. En lo alto del cerro mugen mis compañeros, como queriendo entonar un cántico de despedida. No es un cántico triste, es un bramar esperado, un adiós, un punto y final a cuatro años que quedan atrás; un cántico distinto al que entoné cuando murió mi amigo “Labrador”, corneado por “Rumiante” en fiera lucha por el liderazgo del grupo.

“Labrador” debió nacer el mismo día que yo, pues apenas prendió Salvador el crotal en mi oreja -hecho que propició mi primer llanto- apareció tras los matorrales y no lucía el pendiente que ambos llevaríamos, como seña inconfundible de identidad, hasta el día del herradero.

Demostré mi condición de bravo al colocarme el crotal, pues a la primera reacción de dolor siguió otra de defensa y arremetí contra Salvador que, sonriendo, me dijo: “No seas quejicoso, cuando yo nací me dieron un azote en la nalga”. Fue mi primera lección con aquel hombre que más tarde me herró, vacunó y siguió con atención mi vida en la dehesa.

El llanto alertó a mi madre que acudió en mi defensa confundido su mugido con el ladrido de los perros que rodeaban a Salvador mientras, a la grupa de un caballo tordo, escribía notas en su libreta.

Más tarde me aclaró que en aquella libreta anotó la fecha de mi nacimiento, mi nombre y el de mi madre, cuya identidad descubrió cuando, presurosa, se aproximó a protegerme. ¡Cuánto sabía Salvador!.

Me fui tras de mi madre, buscando instintivamente y con torpeza su ubre en un primer intento de saciar el hambre. Salvados los matorrales, apareció ante mis ojos una inmensa pradera de un verdor exuberante, donde una manada de vacas, acompañadas de becerros como yo, interrumpió su pastar al notar nuestra presencia. A lo lejos divisé a Salvador, que se alejaba a lomos de quién luego supe se llamaba “Lucero”. Caía la tarde en la dehesa en este primer día de mi vida, mientras el sol se ocultaba tras el cerro desde donde cuatro años después me dirían adiós mis compañeros.

¡Qué dichosa fue mi vida de becerro!. Comer y sestear bajo la atenta mirada de mi madre, siempre protectora, siempre vigilante, atenta a cuanto sucedía en nuestro alrededor. De vez en cuando aparecía Salvador tras la cerca, observando nuestros movimientos, acompañado siempre por sus perros, dispuesto a socorrernos si era preciso. Recuerdo el día en que se extravió “Labrador” y como su madre le buscó llorosa acompañada del resto de la manada. Todo fue en vano pues “Labrador” no apareció y lloramos su ausencia, hasta que Salvador, a lomos de “Lucero”, le retornó a la manada después de encontrarle mugiendo entre unos matorrales.

La vida en la dehesa transcurría placentera. Ninguno de los becerros de la camada podía imaginar que pronto el destino nos llevaría a ser apartados del cuidado de nuestras madres.

“Nostálgica”, mi madre, al igual que el resto de las vacas de vientre, ya había vivido esta experiencia, pero su instinto maternal permanecía intacto. No era la misma de días anteriores, presagiaba algo. Ese instinto maternal la llevó quizá a ese estado de nerviosismo que me contagió y obligó a Salvador a cuidar de mí. Fue entonces cuando supe de mi destino, cuando supe de mis orígenes y como, gracias a la fiesta de los toros en España, se pudo perpetuar mi especie.

Continuará…

Boni Elías

El enemigo está dentro de casa

Publicado el 10 Febrero 2009 by Redacción | Comentarios (0)

Hoy escribe la crónica un aficionado. Aficionado y enamorado al toro. Al toro en todas sus diversas variantes. Al toro en plena libertad de la dehesa. Al toro en la plaza. Al toro en la calle.

Disfruto de verdad, cada vez que me desplazo al campo bravo, donde puedo contemplar y vivir la autenticidad del mismo, gracias a grandes amigos ganaderos con los que comparto una afición como esta.

Disfruto de verdad, cada vez que me desplazo hasta una plaza de toros para poder asistir a una corrida de toros, en la que toro y torero, amigos y enemigos, intentar bordar una obra de arte haciendo uso, uno de su técnica, poder, raza, entrega, valentía. Y el otro, movido por el secreto innato que llevan dentro desde el momento en que nacen: la bravura.

Disfruto de verdad, cada vez que veo, como una comisión taurina, o “penya taurina”, como decimos en Valencia, tan torista y que amamos todo esto, colabora y organiza un festejo taurino en la calle, más conocido como “bous al carrer”.

Y más aún disfruto de verdad, cuando es la comisión, de la cual soy su presidente, la encargada de realizar estos festejos. Las emociones a flor de piel, el esfuerzo de todo un año de trabajo y las ilusiones de 30 jóvenes, resultan patentes ese día. Toneladas de miedo. Montañas de valor.

Intentamos cuidar hasta el más mínimo detalle. Esperamos que todo salga como estaba previsto. Pedimos y nos aferramos, cada uno a sus creencias, para que no pasa nada grave ese día. Que los toros embistan mucho y bien. Y sobre todo, que la gente disfrute. De eso se trata.

No siempre salen las cosas. Hay cosas que por mucho que intentes planificarlas, por mucho mimo y cuidado que se les otorgue, quedan fuera del alcance de tu mano. Esos detalles, circunstancias, aspectos y situaciones son las que dejan a las comisiones jodidas. Jodidas y hundidas. Y más aún, si se trata de un tema como el que les cuento a continuación.

Nuestra comisión celebra sus festejos taurinos en los meses de verano. Para estos meses, y a pesar de ser relativamente pronto, ya tenemos adquiridos dos ejemplares de una prestigiosa ganadería, perteneciente a la UCTL. Dos toros muy serios y muy bien hechos. Sin ser ni grandes ni bastos, tienen el trapío de plaza de primera categoría, como nos gustan aquí a los valencianos. De diferentes pelajes y hechuras. Uno más bajo que el otro. Uno con más cara que el otro. El otro más larguito y con cuello. Pero los dos tienen su cosa. Un cartel precioso. Y muchos kilos de ilusiones depositados en los toros, y en la ganadería.

Tres meses más tarde desde la compra de los animales, nos desplazamos diferentes miembros de la comisión a ver los toros que habían sido adquiridos. Y cuál fue nuestra sorpresa cuando llegamos a la ganadería y pasamos al cercado de los cinqueños, donde aguardan los toros reseñados por la comisión, y de los cuales ya se había entregado una entrada en concepto de compra, y firmado el perceptivo contrato.

A uno de los toros le faltaban tres dedos de pitón. Sí señor. Tres dedos. Y no es que se partiera los pitones precisamente. No, no. El toro, que inicialmente llamaba la atención por su cara veleta y astifina, ahora llamaba la atención también por haberse convertido en astigordo, y con poca cara. Desde el coche donde veíamos al animal, se podía notar cierto olor a “after-shave”.

Menuda sorpresa. Menudo chasco. Y menuda desilusión. “Es que el toro se ha rascado”, fueron palabras del ganadero. Si, los cojones se ha rascado.

Los valencianos no nos hemos caído de un árbol. Al menos, yo no me he caído de un árbol. Y sé, que los aficionados valencianos, que al igual que yo, celebran sus festejos taurinos, tampoco. Está claro que el toro que viene a la calle, es el toro que no sirve a su criador para ir a la plaza. Por diversos motivos, pero no sirve. Por estar fuera de tipo, por ser hijo de un semental que no liga, por defectos de visión, por estar toreados o afeitados. Existen mil razones del porqué un toro que no es apto para la lidia en la plaza, puede venir a ser lidiado a la calle. Y el caso es que ese toro, el que no sirve para la plaza, a nosotros nos sirve. Y damos una buena salida a esos toros. Y a más de un ganadero le salvamos el año, puesto que si alguien no lo sabe, lo diré aquí y ahora: En Valencia, se han llegado a pagar cantidades millonarias por un toro de prestigiosa ganadería, que no ha sido válido para la calle. Que quede claro.

Me jode y me repatea la poca palabra de estos “ganaduros”. ¿Cómo es posible, que una persona que vende un toro a una comisión taurina, después de vender ese animal, decide meterlo en el mueco, y quitarle tres dedos de pitón, para que vaya a torearlo a puerta cerrada el torero de turno? Esto pasa en otro mundo, en otro tema, en otra situación, y el caso es de juzgado de guardia. Lo bueno es que el tío, con decir “Es que el toro se ha rascado”, se cree que me lo trago y aquí no ha pasado nada.

Yo he comprado toros afeitados. Y toros con defectos de visión. No digo que no. Y no digo que el ganadero tiene que vender el toro limpio para la calle. Lo que digo es que el ganadero debe vender el toro, y debe venderlo con la verdad por delante. Joder. Como se tienen que hacer las cosas. “El defecto del toro es este”. Y con eso, basta. Con decir la verdad, basta. Si tampoco es tan difícil. Se trata únicamente de ser hombres y vestirse por los pies. Y por supuesto, si el toro se ha vendido en unas condiciones, el toro debe ser lidiado, en las mismas condiciones del día de la compra. No sirve el toro falto de quilos, ni el toro afeitado, ni el toro con puntazos, ni el toro con nubes, ni nada que no se detectó o avisó el día de la compra. Es algo lógico, pero que desgraciadamente no es lo habitual.

El enemigo está dentro de casa. Éstos son los verdaderos enemigos de la fiesta, los llamados “ganaduros”, que al igual que le cortan dos dedos de pitón al toro para torearlo a puerta cerrada (cosa que es lógico), lo hacen para que las figuras te maten la corrida en tal feria y con tal cartel. Estos “ganaduros”, que son los que nos toman por el “pito del sereno”, es el verdadero peligro de la fiesta.

Y aprovechando la situación, cito a continuación palabras textuales que el prestigioso ganadero D. Eduardo Miura, comentó hace apenas unas semanas:”Los festejos populares del toro en la calle constituyen la base y una parte fundamental e importantísima de la fiesta de los toros. Por ello, debemos de saber, no sólo respetarla, sino también cuidarla”. Que tomen nota.

Un aficionado

 

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