
No sonó la flauta. Todos esperábamos que sonara, pero no. No fue su tarde y punto. Ésta ha sido la tónica habitual cada vez que Jose Antonio Morante de la Puebla no ha pintado una obra de arte en el ruedo. Es lo que tiene ser un artista, dicen algunos. Cuando está, está como el que más. Pero si no está, pues nada de nada. Ni fu ni fa, y a la gente se le acaba la paciencia.
Estoy convencido que muchos de los morantistas, mientras veíamos la corrida de Cuvillo del Viernes día 10, que estoqueó Cid, Juli y Fandi, soñábamos con que el juego de los toros del Domingo fuera similar. La corrida de Cuvillo resultó bien presentada, de buen juego en líneas generales, con animales que desarrollaron mucha nobleza y buen fondo, como por ejemplo el segundo del Cid en quinto lugar. Como anillo al dedo para Jose Antonio. Aquello fue tema de debate aquel viernes, mientras compartía aquella corrida de Cuvillo con amigos y compañeros, señores del campo bravo, desde la “Cuna del toro bravo”, población sevillana de Utrera. Todos coincidíamos en aquello. Si bajan los ángeles del cielo, y suena la flauta, el lío podía ser gordo. Pero ni bajaron los ángeles del cielo, ni mucho menos, sonó la flauta.
La encerrona de Morante formaba a priori, y para muchos, el cartel de mayor expectación del ciclo (claro está que a muchos otros, no les decía nada), pero resultó ser, como muchas otras veces ha sucedido, el fiasco de la feria. La tarde no empezó bien, y como si de una mecha se tratara, el vacío se fue apoderando del torero. Y así pasó la tarde, y así pasaron los minutos. Y la gente se aburría, y lo que es peor, se enfadaba.
Para una encerrona, considero que lo fundamental, lo vital, lo imprescindible, es poseer la capacidad de superarse, de sobreponerse a las dificultades, y sobre todo, estar preparado para hacer un esfuerzo descomunal, vaciarse en la arena, romperse, con o sin toro. Póngase como ejemplo la encerrona del Cid en Bilbao, o, sin irse mucho más lejos, la de Perera en Madrid. E incluso la del propio Morante en la Beneficencia en Las Ventas en 2006, si no recuerdo mal. Se sobrepuso a las circunstancias, incluso tras una fuerte voltereta del quinto toro. Morante salió a matar al sexto, y toreó mejor que nunca con el capote, dibujando verónicas de ensueño, banderilleando como el mejor, y sometiendo a su oponente con la muleta. Arrancó una oreja de ley.
Algo fundamental en esto, y más para el propio Jose Antonio, es la elección del ganado. En este mundo, jamás dos y dos son cuatro. Eso es ley. Pero sí existen unas normas básicas, que sí son ciertas. Una de ellas es que el toro con mejores hechuras, tiene una probabilidad mayor de embestir. Parece ser que se olvidaron de esta norma, o ley, o recomendación, o llamémoslo como queramos. El caso es que los toros no colaboraron en absoluto. No colaboraron para Jose Antonio, puesto que hubieron 3 toros que se dejaron, que permitieron algo más. Ni mucho menos un toro bueno de verdad, pero sí alguno de ellos pudo servirle al torero.
Uno de estos toros que pudieron servir fue el de Daniel Ruiz, que abrió plaza. Toro bonito, terciadito y que se movió. Se movió hasta que se apagó, que fue pronto. Faena de altibajos, con varios enganchones de por medio, que no llegaron al tendido. Los morantistas animaban, deseosos por ver al de la Puebla romperse. Lo de la espada fue de juzgado de guardia.
El segundo, con el hierro de la Campana, fue un toro largo, no del gusto del torero. Cosa extraña, puesto que el apoderado del diestro es el propio ganadero. El toro se paró y protesto cuando se le mandaba.
El tercero de Fuente Ymbro fue un toro alto, sin hechuras de embestir, pero que confirmando el más que conocido refrán de “dos y dos no son cuatro”, fue el que más se movió. Se movió sin clase y con sosería. A Morante no le gusto, y tardó “cero coma” en irse a por la espada. El respetable vio que aquello se movió y pensaron que ahí había toro. El caso es que ya habíamos cruzado el ecuador… y la flauta aun no había sonado.
El cuarto, del hierro salmantino de El Pilar, toro altísimo y con cara. Los inicios con el capote llenaron de ilusión el tendido. “Ahora si”, se decían muchos. Pero tampoco. Poca fuerza y sin raza, el animal se movió, pero la faena no legó a los tendidos, probablemente por la cantidad de enganchones y muletazos sin ningún fundamento.
El quinto de Zalduendo tampoco puso de su parte. Ni el torero tampoco. No hubo acoplamiento, y de nuevo, otro toro más, desperdiciado. A estas alturas de la corrida, los ánimos ya estaban por tierra. Hasta parecía que había prisa por irse a casa, como cuanto antes se acabe, mejor.
Ni siquiera el sexto de Cuvillo libró de un duro golpe contra el suelo. Fue un toro de muy buenas hechuras, bajo y muy armónico. El arranque fue fuerte, y parecía que sí. Que por fin, si. Pero no. De nuevo, la falta de fuerzas hicieron que el animal se acabara en el último tercio.
Morante se fue de la plaza entre broncas, y almohadillas de por medio, con un “Lo siento”, que no sólo pudo escucharse en directo, sino que podía leerse en su rostro.
Yo sigo siendo morantista. Lo soy porque su toreo me enamora. Lo soy porque me apasiona verle roto en la cara del toro. Lo soy porque eso, se es, o no se es. Pero entiendo perfectamente las críticas que va a recibir, y entiendo perfectamente a los aficionados que lo tachan de querer aparentar, de mucha parafernalia, de mucho rollo, de mucha tontería. Lo entiendo porque no se debe, ni se puede desperdiciar 6 toros del modo que lo hizo, y peor aún, fallar ante sus seguidores. La gente viene arreando muy fuerte, Jose Antonio. La gente tiene mucha hambre de toro, y hay muy buenos toreros que están pidiendo paso a voces. Y los hay quienes se mantienen en el trono, año tras año, que dan la cara todos los días. En este mundo no se puede vivir del recuerdo. En este mundo se debe arrear continuamente. Cada tarde supone un nuevo motivo para justificarse de que uno está en el circuito. Dar un golpe de atención, de pedir paso, o de exaltar: “ojo, que sigo aquí”.
Los morantistas seguiremos esperando. Seguro que si. Pero las críticas, y muy duras por cierto, no se van a hacer esperar. Seguro que también.
Benjamín Torres Górriz.
