El sábado fue intervenido por cuarta vez el diestro Miguel ángel Perera. La sangre volvía a brotar por las llagas del nuevo Cristo de los toreros. Un hombre espigado y digno que el día tres atravesó las puertas de la gloria a la espera de la tarde eterna y que salió maltrecho de carnes pero integro de alma.
No las tuvo todas consigo aquel viernes, había muchos retractores en los tendidos que no veían aun la hora del pacense. Críticos en el máximo exponente no dispuestos a pasar por su muleta.
Y es que fue una tarde maldita de cabo a rabo y de principio a fin. El aire revolvía furioso el albero del coso venteño y enfriaba a un público que pareció dormitar hasta que el pitón derecho del segundo toro atravesó las nobles partes al abrazo de la muerte.
Para más INRI, y nunca mejor dicho, el que abrió plaza había sido devuelto a los corrales y en vez de sacar al sobrero corrió lugar dejando el regalito de Fuente Ymbro para un final que nunca llegaría ¡Qué toro si llega a sus manos! ¡Qué faena se quedó en el limbo de los triunfos marchitos! El sobresaliente Saleri bastante hizo con ponerse delante.
No paseaba pues la diosa fortuna por aquellos derroteros. Pero, ¿acaso importó? Que levante la mano el que no disfrutara aquella tarde, el que no viera en la gallardía de Perera el gesto torero por antonomasia.
¿Qué el temporal viene arreando? Pues a templar las muñecas, a calzar firme y a no mover un pie cuando se pisan terrenos vedados. Las cornadas no son toreo dicen, pero si mudos testigos de grandes hazañas como esta. Y es que con el tercero y cuarto apareció la dicha. Toreo del bueno con la mano derecha como pilar de sus faenas. Redondo, roto de caderas cuan alto es, perfecto a las exigencias de cada toro y cada espectador. Tan joven y tan viejo de mañas. Listo como un zorro y ávido como una fiera. El público se calentó y supo premiar. “Que de los dos que le quedan salga el que se merece” pensábamos muchos. Pero el quinto hallo carne de nuevo cuando el presagio de algo grande bañaba los tendidos. “Aquí termina todo señores” parecía decir la sangre que teñía la taleguilla. ¡Qué equivoco! Se levanto por segunda vez con su cruz a cuestas, a por lo suyo, que no se lo quitara nadie. Con dos cojones, abierto de entrañas a base de corbatín sosteniendo sus fuerzas. Se puso y dispuso, abogando al tremendismo y a la épica con más moral que el Alcoyano. “¡Dejadme que puedo!”, y le dejaron y nos dejo toreo atesorado en los rincones más íntimos de la memoria.
Salió por su propio pie mirando de reojo la puerta grande que tenía en su poder, aferrando el apéndice que se había ganado con el sudor de su frente, cojeando apenas. Figurón del toreo.
Que tarde otoñal de suspiros y ahogos Perera, una tarde maldita que intentó, pero no pudo, robarte el viento.
Patricia García Herrero.

