Nunca la muerte de un torero sobre el ruedo tuvo la verosimilitud, si cabe la liturgia, la poesia triste y desangelada que la propia muerte otorgó tanto a toro como a torero.
Y es que ningún “espada” en toda la historia de la tauromaquia tuvo final tán cruento, en las astas de un toro, mientras este recibía a su vez la certera estocada de muerte. Mientras “Burlero”, de Marcos Núñez agonizaba; después de una excelsa faena, de estocada lenta y de grán pureza en su ejecución; Yiyo también lo hacía, en los brazos de sus banderilleros.
Atrás quedaban momentos amargos, como en aquel San Isidro del 83; su último toro se estrellaba y moría en un burladero y José Cubero salía de vacio de Las Ventas. Otra oportunidad que se esfumaba, un año más.
Al siguiente llegaría su triunfo, su explosión, a través de la sustitución. Roberto Dominguez dejaba su plaza, por accidente de moto y el Yiyo se encumbraba en faena a un sobrero de Antonio Ordóñez.
Vivía sus mejores momentos, una temporada plena de triunfos, hasta que apareció aquella tarde colmenareña, y otra vez, de nuevo, por vías de la sustitución. Curro Romero era el sustituido por Yiyo. El maestro Antoñete, y el soriano José Luis Palomar fueron compañeros y testigos directos en dicho festejo; donde los astifinos pitones de “Burlero” harian diana certera en corazón tan joven….Madrid rindió pleitesía, llorando por todos sus poros la muerte del “Príncipe torero” que, como flor marchita, rosa sangrante de pasión torera daba su última vuelta al ruedo de Las Ventas en tarde de calor crujiente, a hombros de compañeros toreros, fundidos por el llanto….
Tarde de gloria inmortal para aquel torero, por cuyos rasgos físicos, apostura y solemnidad recordara a Joselito el Gallo……
Juan Ruiz-Tortosa
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